lunes, 10 de mayo de 2021

La privatización de Bankia, un grave despropósito

 
 
 
La evolución de las instituciones bancarias en España desde los años 60 ha pasado por distintas fases, que tienen que ver con diversos estímulos sociales y económicos. En una primera fase fue necesario expandir el sistema financiero para avalar el desarrollo endógeno de nuestro país a través de su industrialización. Son los años del despegue desarrollista, momento en que la Dictadura nacionaliza los llamados Bancos Oficiales, que, junto a las Cajas de Ahorro y la importante banca privada, constituyen entonces nuestro sistema financiero. Estos años suponen un gran cambio sociológico, el crecimiento exponencial de las ciudades paralelo al éxodo de la España vaciada. El sistema financiero pasa a constituir el centro en el proceso de acumulación, ya que los bancos son los principales avaladores y accionistas de las empresas industriales, comercializadoras y constructoras.

Recién entrada la democracia se inicia en 1977 un periodo de desregulación y liberalización financiera, es en este año cuando el Gobierno de la UCD inicia un cambio normativo que supone el comienzo de la desterritorialización de las Cajas de Ahorro y diversos cambios en sus prácticas financieras. Por otra parte, un nuevo proceso se inicia en la banca privada a partir de los 80, responde a la necesidad de abrirse a la competencia a nivel internacional y aprovecha la corriente de fondo liberalizadora que llega a Europa procedente de las finanzas USA y que se extiende a la banca internacional bajo la presión de la OCDE, de los organismos financieros internacionales - BM y FMI - y de la Comunidad Económica Europea, de la que España forma parte a partir de 1986.

La presión constante ejercida por la banca privada sobre los sucesivos gobiernos populares y socialistas, para expandir su negocio acaparando el conjunto del ahorro y el crédito en España, supone lo que podríamos denominar un lento y sigiloso golpe de estado del capital financiero desde los años 90 hasta el presente, marcado por la entrega a la banca privada de una nada despreciable banca pública, entre 1991 y 1998 y posteriormente por el operativo desplegado para malvender las cajas rescatadas y nacionalizadas, tras la crisis del ladrillo, a las finanzas privadas. Durante décadas los gobiernos han actuado bajo la premisa de que lo que era bueno para los accionistas de bancos como BBV, BSCH, Banco Sabadell, o CaixaBank, era bueno para España. Supongo que las decisiones políticas que “bendijeron” las operaciones se tomaron al albur de dos tipos de estímulos, unos positivos: la participación en consejos de administración, vía puertas giratorias, la financiación de los partidos o la exención del pago intereses en los créditos formaban parte de la trastienda de las operaciones; otros negativos ante chantajes o amenazas de externalizaciones de servicios, entidades o capital (es curioso que en las sucesivas memorias corporativas del BSCH el monto de sus beneficios en nuestro país, no ha llegado nunca al 15% en los últimos años, un banco en que prácticamente la mitad de su valor accionarial pertenece a sociedades privadas extranjeras y que sigue considerándose un banco español, lo que sí está claro es que cada vez más “nuestros” grandes bancos son bancos sistémicos globalizados). Ha sido precisamente su condición de grandes bancos demasiado grandes para caer ("to big to fail") la que ha prevalecido a la hora de implementar el rescate de las grandes entidades del sistema financiero, cajas, pero también bancos. Rescate que el erario público, o sea la ciudadanía, no ha recuperado a fecha de hoy. Y habría que hacer en este punto algunas consideraciones: La primera es que en ningún momento se ha planteado ante las crisis bancarias que sean los accionistas (nunca los depositantes) quienes asuman en primer término el impacto de la crisis, a ellos no habría de salvarles el Estado, cualquier juego entraña un riesgo. Otra es que cualquier cantidad empleada por el Estado en un rescate bancario es un dinero que la ciudadanía presta a su sistema financiero y que como préstamo ha de ser devuelta al erario común. Respecto a la forma de devolución cabrían diversas formas posibles: A través de la devolución del dinero prestado más intereses acumulados, mediante traspaso de acciones al Estado a cambio del débito, o bien podría ser en este momento muy pertinente que la Nueva Caixabank, que debería asumir la devolución de los 24.000 millones de euros del rescate de Bankia, utilizara su inmenso parque de vivienda para ponerlo a disposición del Estado con el fin saldar su deuda y que éste pudiera así ser destinado a alquiler social, tan necesario en este momento en nuestro país.

Sin embargo, a pesar de la experiencia pasada de desregulación, descontrol y crisis bancarias, tanto la UE, como el BCE, siguen orientando al Gobierno de España a continuar aún con más fusiones bancarias, manifestando que aún hay margen para la competencia en el sistema bancario español, con un índice de concentración bancaria de los más elevados de Europa (28 puntos porcentuales por encima de la media ponderada de la eurozona según un reciente estudio del Banco de España), algo tendría que decir al respecto la Comisión Nacional de Mercados y de la Competencia. De 62 entidades financieras que había en 2007, antes del inicio de la crisis, quedan 10, de las cuales 4 están en proceso de fusión. En este momento 4 grandes entidades (Santander, BBVA, Caixabank-Bankia y Sabadell) controlan el 80% de nuestro sector financiero.

El proceso que se ha cerrado con la privatización de la mayoritariamente nacionalizada Bankia, y el traspaso de su patrimonio y acciones a Caixabank, ha sido una operación bien revestida, por la mayoría PSOE del Gobierno actual, de justificaciones y “motivaciones doradas” como de costumbre, es manifiesto que en ningún momento se ha sopesado la más remota posibilidad de convertir Bankia en una Banca Pública de depósitos, como reiteradamente ha estudiado, manifestado su viabilidad y pedido al Gobierno la Plataforma por una Banca Pública. A nivel operativo, esta fusión por absorción de Bancaixa sobre Bankia ha supuesto que una entidad con un 62% de participación mayoritaria del Estado, que por lo tanto mantenía el poder de decisión sobre ella, ha sido anexionada por otra de carácter privado en la que el Estado, a través del FROB, mantendrá una participación minoritaria del 16’1% de la nueva Caixabank, que se sitúa en el número uno del rànquing de las entidades financieras por número de activos en nuestro sistema bancario, con aproximadamente 650 mil millones de euros.

Hemos de analizar la decisión a la luz de la actual situación del sistema financiero internacional. Desde 1999, en que Clinton derogó la Glass Steagall Act por la que la banca de depósitos y préstamos se mantenía separada de la banca de inversión y sus prácticas especulativas, la llamada banca universal añade a sus prácticas de banca tradicional las de inversión especulativa. Es este uno de los motivos más importantes del gran descontrol financiero del sector bancario actual, junto al exceso de titulización y la creación de sofisticados productos derivados. Por otra parte, las normas reguladoras bancarias vigentes a nivel internacional, las de Basilea III, son insuficientes dada la existencia de una buena parte del sistema financiero internacional que permanece en la sombra, en sistemas jurídicos offshore y oculto a la mirada de los supervisores, lo que dificulta la supervisión consolidada de las entidades sistémicas, cada vez más globalizadas. Los observadores financieros hablan desde hace años de una nueva acumulación de riesgos en un sistema que paradógicamente sigue concentrándose, lo cual multiplica las posibles consecuencias devastadoras de las crisis bancarias para las economías en el futuro, especialmente dado el importante crecimiento de la deuda privada.

Otro problema de gran importancia es el actual precio del dinero, las tasas de intereses negativos de facto (si tomamos en cuenta la inflación anual) que viene estableciendo el BCE y que suponen que los bancos, ante las perspectivas de no beneficio, no tengan interés en promover el crédito a empresas y familias. Esto desplaza el negocio bancario en dos direcciones nocivas, económica y socialmente. Una busca un incremento de ingresos en base al aumento de toda clase de comisiones de apertura, mantenimiento y operatividad, que recaen sobre la ciudadanía y que son especialmente sufridas por las personas más vulnerables. La otra busca en el trading especulativo lo que no obtiene por vía del crédito, lo cual aumenta los riesgos sistémicos.

La fusión, por absorción de Caixabank sobre Bankia, significará la desaparición de 1400 oficinas y 8300 despidos solicitados por la entidad, que se suman a los miles de oficinas y a los 100.000 empleados despedidos en el sector desde 2008, lo que dejará en la exclusión financiera a un gran número de personas y a más de 4000 municipios sin oficinas bancarias. Mientras esto pasa, es indignante que la nueva entidad haya decidido asignar altos sueldos a sus máximos representantes (El Presidente Goirigolzarri ha triplicado su sueldo respecto al anterior en Bankia) y una política de bonus a sus ejecutivos que ya ha sido cuestionada por Nadia Calviño, si bien corresponde al Banco de España y en parte al BCE respaldar, o no, las medidas tomadas.

El actual oligopolio bancario es deudor de un considerable número de ayudas directas e indirectas, sin que se vislumbren perspectivas de recuperación y la ciudadanía sufre ahora las consecuencias de las fusiones. La privatización de Bankia significa un nuevo y grave despropósito político, económico y social, ya que aumenta el poder del oligopolio bancario sobre un Estado que se ha desprendido de las finanzas públicas, aumenta el riesgo sistémico en la economía al orientar su actividad al trading financiero y finalmente contribuye a minimizar el servicio tradicional de intermediación bancaria, con las negativas consecuencias previsibles sobre las empresas y la sociedad en su conjunto.


 

sábado, 1 de mayo de 2021

La voracidad financiera. Abrir espacios comunes de resistencia (3)

 
 
 
 

Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas…

                                                                                                      Tolkien

 

Parafraseando al Tolkien del “Señor de los anillos”. Hoy nos dirigimos aceleradamente hacia un mundo regido por el poder tiránico de la plutocracia global del dinero, que gobierna con mano de hierro haciendas y vidas, aquél que, en continua expansión, domina, esclaviza y al mismo tiempo desnaturaliza todo lo que envuelve. Las finanzas constituyen un anillo de poder para dominar al resto de anillos económicos y atarlos a su destino.

La falta de límite al derecho negativo a la propiedad incentiva a los grandes actores económicos a mantener una carrera competitiva sin límites y escasos obstáculos regulatorios por hacerse con todo soporte o recurso económico y en esa carrera los grandes poderes financieros están acaparando los resortes económicos del mundo de la vida.

Una mayoría de riesgos económicos, ecológicos y sociales cotidianos en la actualidad vienen de la mano de la codicia extractiva y depredadora de las finanzas globales: La preocupante escalada de la deuda soberana y privada y la presión de los acreedores sobre los estados;  La acaparación, por los grandes gestores de fondos ubicados en la sombra,  de acciones de las grandes corporaciones; la creciente concentración oligopólica bancaria a nivel internacional; los excesos de titulización y la exultante especulación con todo tipo de activos; la opacidad, los negocios offshore y la evasión y elusión fiscal; la adquisición de fondos buitre de la deuda de los países o, junto a las socimi, de grandes parques de vivienda privada y social; la adquisición de empresas por los “private equity” o grandes fondos de capital riesgo, con el propósito de “sanearlas”, desguazarlas o fraccionarlas y obtener beneficio del proceso y de su venta; la gestión financiera global de los fondos de pensiones; el dominio sobre los medios de comunicación a través de su accionariado; la creciente implantación de los fondos  en el sector sanitario y de servicios; la perseverante inversión financiera en la extracción de combustibles fósiles; la compra y acumulación de tierras y grandes reservas de agua por fondos soberanos y privados; el dominio comercial de grandes marcas, distribuidores globales y grandes superficies, que pone en situación crítica al comercio de proximidad; la presión corporativa para reducir los derechos sociales y laborales…etc, constituyen una buena muestra de la codicia financiera. Son procesos que generan gran acumulación de riqueza en pocas manos, creciente desigualdad y degradación económica, ecológica y social.

La obsesión de los poderes financieros por acumular dinero y, a través de él poder para seguir acumulando más dinero, no tiene con el capitalismo límite ni cortapisa, está impresa en los resortes que mueven la estructura sistémica y es el motivo del crecimiento continuo de las desigualdades que socavan las sociedades en países con democracia formal. Fue el mismo Presidente Roosevelt quien, en su discurso de toma de posesión en 1937, manifestó que una codicia excesiva no era solo moralmente reprobable, sino también era nociva para la economía. Mientras los diferentes gobiernos no realicen un giro radical en sus políticas y adopten medidas para limitar la propiedad y el poder que la oligarquía financiera ejerce sobre las economías, seguirán creciendo las desigualdades y la ingobernabilidad. Los gobiernos no están hoy a la altura de los requerimientos democráticos orientados al bien común.

A la injusta distribución de la riqueza del capitalismo, el capitalismo financiero añade su compulsión enfermiza al beneficio especulativo inmediato, con una gran ineficiencia en la distribución de los recursos y gran descontrol y poniendo en grave desequilibrio y riesgo las economías. Se generan burbujas financieras y crisis recurrentes que implosionan sobre las sociedades, que acaban pagando la factura de estas crisis debidas a la falta de regulación sistémica. En la base que nutre esta situación está la existencia de un entramado internacional de poderosos intereses financieros, económicos y políticos que se resisten a la mínima regulación del sistema, pasando de cualquier consideración orientada al interés general. ¡Es el sistema amigos!

El dominio de las finanzas es pues un “hecho total” que afecta hoy, en mayor o menor grado, a todas las facetas de la vida, creando todo tipo de riesgos sociales y ecológicos e imponiéndose a los gobiernos y a la democracia. Hemos de preguntarnos necesariamente si como sociedad vamos a seguir asumiendo en adelante los costes de esta tiranía de los mercados globales, con cáscara democrática, o si por el contrario vamos a organizar la resistencia y construiremos colectivamente respuestas necesarias para fortalecer y disponer de una auténtica democracia.

Dentro del reto de esta resistencia democrática contra el denominado 1% caben y habría que reunir un amplio consenso de fuerzas sociales y políticas diversas. Lo primero que es necesario consensuar es que hay que comenzar un largo, pero inaplazable proceso para reconquistar la democracia, entendida, en una primera fase, como la capacidad de los países, o unión de países, de autogobernarse sin estar sometidas a poderes políticos o económicos no democráticos. Pero este reto, en el contexto de la globalización actual, no puede ser estrictamente nacional, menos en la Unión Europea. Significa un reto que trasciende las fronteras nacionales y en el que habrían de comprometerse un conjunto de fuerzas antineoliberales: políticas, sindicales y movimientos altermundistas diversos. Una amplia “Comunidad del anillo”, capaz de enfrentarse al Señorío oscuro de las finanzas.

Europa está tensionada por dos fuerzas sistémicas una de raíz liberal, otra la de los populismos crecientes de extrema derecha y la izquierda heredera de la Ilustración se va disolviendo, como sujeto de cambio, por falta de proyecto. Perdida en cien luchas parciales e incapaz de generar un relato edificante e ilusionante. Desprestigiados y obsoletos los referentes históricos políticos y sindicales, la multiplicidad de luchas reactivas se pierden en la inoperancia de tener que afrontar continuamente problemas sociales concretos que estallan un día sí y otro también. Ante ello el discurso de la sociedad reactiva es la lucha en sí, pero fragmentada, sin estrategia, sin cuestionamiento unitario profundo del propio sistema.

Es ahora, cuando los riesgos a los que se enfrentan las sociedades adquieren diversidad y proporciones alarmantes, cuando se manifiesta absolutamente necesario desprenderse de aquellas mochilas ideológicas de la izquierda que no tienen en cuenta el actual contexto histórico marcado por la globalización financiera, en que las oligarquías transfronterizas dominan las reglas del juego económico y político en nuestras vigiladas democracias, tableros de juego bajo su dominio.

Quizá sea hora de volver la vista atrás y reflexionar sobre tantas batallas perdidas por la Ilustración, por la Modernidad, por los ideales republicanos, por aquellas ideas universales que nos interrogan como especie, por los derechos humanos, por las utopías de los siglos XIX y XX. Todo ello necesario para afrontar colectivamente la actual distopía. Aunque supongo que habrá que desvestirse de muchos prejuicios sectarios, fragmentaciones ineficaces y en algunas ocasiones narcisistas, doctrinas o formas organizativas obsoletas cuyo objetivo cotidiano es justificarse. Es apremiante organizar conjuntamente foros y espacios de encuentro, reflexión y debate para ir construyendo discurso y herramientas proactivas de lucha, más allá de la reactividad fragmentaria al uso.

Es patente que el sentimiento de comunidad y los valores republicanos han sido corroídos por cuatro jinetes del apocalipsis sistémico: el individualismo, la competencia, el consumismo y la tecnocracia. ¿Podremos construir colectivamente una nueva utopía, asentada en la fuerza de un sujeto plural y diverso de cambio?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

sábado, 10 de abril de 2021

La voracidad financiera. Al asalto del poder (2)

El nuevo orden, tras la Segunda Guerra Mundial, quedó supeditado en Bretton Woods a la hegemonía de EE.UU. La reconstrucción y el proceso de integración europeos - más allá del mito fundacional como hermandad antifascista de los pueblos que recogían el legado de la resistencia y el Manifiesto de Ventotene - han sido procesos de matriz y tutela de los USA. En una primera fase mediante el Plan Marshall para Europa y su inicial dolarización; en una segunda fase EE.UU apoya y promueve la integración de los mercados europeos y de su industria pesada al crearse en 1951, mediante el Tratado de París, la CECA (Comunidad europea del carbón y del acero) considerada el origen de la actual UE. Este origen está marcado por la necesaria reestructuración de los capitales europeos para competir a nivel mundial, es la competencia la que incentiva la unión europea desde entonces. Yanis Varoufakis dice (2011) “La realidad es que la integración europea no fue un bastión de Europa, fue una idea USA ejecutada por sus diplomáticos”. 

La mutación que inicia el capitalismo anglosajón en los 70 es promovida desde las élites conservadoras, que adoptan el paradigma neoliberal de la Escuela de Chicago. Al desregular y liberalizar la economía y sus instituciones, el mercado se va emancipando de la tutela de los estados. La supresión de controles de capital y su libertad absoluta de circulación, se van estableciendo posteriormente en las jurisdicciones de una mayoría de países avalado por medio de instituciones como el FMI, BM o la OCDE, que en principio no fueron creadas para esta mediación. 

La onda neoliberal, que implosionó de lleno en el mundo de las finanzas de Wall Street en los 80, es larga y posteriormente prendió en primer lugar en la City de Londres y a través de la Tercera vía social-liberal, con Blair y Schroeder, en el Continente europeo. Ya Miterand en 1983 había advertido antes de su giro tecnocrático “Represento el último político en vida, en adelante solo habrá contables”. Probablemente nada de esto hubiera pasado si la política internacional no hubiera prestado alas a los mercados financieros al retirar los controles internacionales de capital anteriormente; o bien se hubieran adoptado cuando aún se estaba a tiempo las recetas de Tobin sobre un impuesto disuasor a las transacciones especulativas. Pero los políticos europeos, en general, adoptaron en política económica las directrices del Gran Hermano de la OTAN, en la que el PSOE metió a España en 1986, el mismo año que nos incorporó a la Comunidad Económica Europea. 

Desde los años 90 han venido siendo los grupos de presión o lobbies de las grandes corporaciones financieras los que han marcado el signo de las políticas nacionales e internacionales. En EE.UU la presión del entramado financiero sobre Clinton en campaña electoral de 1999, logró que este derogara la Glass Steagall Act, por la cual la banca comercial se mantenía separada de la banca de inversión. Su derogación significó un salto cualitativo importante en el proceso de financiarización de la economía y para que las finanzas consolidaran su poder en los mercados. En general la gran mayoría de decisiones estratégicas para la economía y que al mismo tiempo afectan los planes de las entidades financieras, han sido tomadas al dictado de estas, bien sea en América, Europa o España. En su voracidad las finanzas globales trazan sus negocios sobre cualquier aspecto de la vida que pueda constituir un activo económico, así ha sido de forma creciente en los últimos 40 años. 

Los lobbies financieros, con sus tentáculos, dominan las decisiones de los gobiernos que acaban como gestores de los intereses de la gran banca (Vigueras 2012). Estos presionan a los gobiernos en múltiples frentes de interés, paralelamente a los acuerdos de los Tratados internacionales de comercio (TIC): profundización en la desregulación económica, resguardo de la opacidad financiera, fiscalidad nacional e internacional (ITF), privatización bancaria y concentración oligopólica, adquisición de empresas y servicios, titulización y elaboración de productos derivados, resguardo de las guaridas fiscales… Rara es una rama de la economía que no esté afectada por su presión. Los lobbies despliegan toda su influencia especialmente en los espacios normativos o en los periodos constituyentes, allí donde se legislan las directrices y normas económicas fundamentales. En la UE presionaron en la redacción del Acta Única Europea (1986) en la que se acelera la estructura tecnocrática-neoliberal mediante la obsesión liberalizadora, supone la desaparición de fronteras internas y externas para los capitales; presionaron igualmente durante las deliberaciones y negociaciones del Tratado de Maastrich por el que se funda la Unión Europea (1992) y en él se implementan un abanico de medidas económicas neoliberales, aderezadas con una obsesión de estabilidad monetaria, presupuestaria y de convergencia para todos los países que entraron en la moneda única. Posteriormente sucedió lo mismo durante la redacción de la no-nata Constitución de 2005, donde los tecnócratas de la UE y los lobbies se reunieron siendo maestro de ceremonias un expresidente liberal Francés, Valery Giscard D’Estain. Esta normativa fracasada de 2005 entró por la puerta de atrás en el vigente Tratado de Lisboa, en vigor desde 2009, firmado por los jefes de estado y de gobierno de 28 países miembros, donde además se estipulaba que cualquier cambio normativo futuro en los aspectos financiero, monetario o fiscal habría ser aprobado por unanimidad, cerrando así con dos llaves los legados legislativos. 

En España, el Gobierno de Zapatero, pactando con el PP y otros partidos, reformaron en pocos días el artículo 135 de la Constitución, por el que el pago de la deuda pública sería prioritario a cualquier otro gasto del Estado en sus presupuestos generales. Más allá de la ortodoxia de los Pactos de estabilidad presupuestaria, detrás de las prisas estuvo la presión de los acreedores financieros alemanes sobre Merkel y Bruselas. 

En España, igual que pasa en EE.UU y en Europa, se legisla bajo el lema “lo que es bueno para las corporaciones, es bueno para España”, motivo por los que los gobiernos respectivos desde 1991 hasta 2021 han elaborado normativas en lo financiero que han constituido en su conjunto un silencioso golpe de estado. Se ha acabado con la antigua banca pública y con la mayoría de las Cajas y las 62 entidades bancarias de 2007, se han reducido a 10. Como resultado se ha conformado un poderoso oligopolio financiero constituido por 5 grandes entidades, que ostenta cerca del 80% de los activos y que tiene un importante peso en el IBEX 35 y en las decisiones del Gobierno. 

Por otra parte la frecuencia de puertas giratorias entre la política y las finanzas es otra forma de utilización de la política para objetivos espúreos. En Europa son conocidos casos como los de Draghi, Monti, Guindos, Papademos y otros pilares políticos que provienen en su origen de Goldmand Schacs, Deustsche Bank o Lehman brothers. En España son de todos conocidas muchas situaciones análogas.

Dentro del gran espacio financiero, cada vez más emergen como predominantes las finanzas offshore, situadas en oficinas virtuales en demarcaciones territoriales con jurisdicciones offshore que mantienen una fuerte opacidad sobre las negocios y capitales allí establecidos y dificultan la trazabilidad sobre los flujos que entran y salen procedentes de otras jurisdicciones. La mayoría de los llamados paraísos fiscales se constituyen como centros offshore o extraterritoriales. Un claro ejemplo también del poder de los lobbies financieros viene consistiendo en hacer desaparecer de los listados oficiales de jurisdicciones no colaborativas de la UE, todos los países y territorios que funcionan realmente como tales en Europa. 

El predominio de los grandes bancos en el sistema financiero está dejando paso al de grandes fondos de todo tipo (De inversión, Hedge founds, fondos buitre, FMM …) y grandes gestoras de fondos, como Blackrock o Vanguard, ubicados en la banca en la sombra (Shadow Banking), que albergaría un conjunto de entidades intermediadoras de crédito, que recalan por lo general en paraísos fiscales, fuera del sistema bancario tradicional y fuera de toda regulación. También se ubican allí otros actores como socimis, spv (vehículos especiales de inversión) e incluso los grandes bancos comerciales, que pertenecen al sector regulado, suelen tener ramas de inversión que forman parte de la banca en la sombra para evitar la regulación. 

La hegemonía financiera pone en cuestión la soberanía de los estados, los gobiernos no pueden representar el mandato para el que han sido elegidos por los ciudadanos, ello es debido a que son las finanzas quienes marcan el camino a las economías en interés propio, las que ostentan cada vez más poder, no solo económico, sino también político. El capital global transfronterizo se ha constituido en el “dominium” catapultado por los estados “imperium”. Como frecuentemente se solía decir, los votantes en Europa para poder influir sobre su futuro tendrían que votar en las elecciones USA o Deutschland, aunque posiblemente en un futuro inmediato habría que organizar elecciones universales para elegir los consejos de administración de los grandes fondos globales. La pregunta que nos hacemos es ¿cómo la ciudadanía podría recuperar, ante este panorama, las riendas de su propio destino?

martes, 30 de marzo de 2021

La voracidad financiera (1)

 

 


 

Cualquier avezado observador que lleve tiempo tomando el pulso cotidiano a la realidad social percibe hechos estadísticos incuestionables: La creciente concentración de la riqueza en pocas manos, las crecientes estadísticas sobre paro, pobreza y desigualdad y la creciente desprotección del llamado Estado social y democrático de derecho a su ciudadanía.

Cabe preguntarse entonces qué tiene esta realidad que ver con la democracia actual. Si el plebiscito popular mayoritario otorga el legítimo poder representativo a gobiernos electos ¿cómo el resultado del ejercicio de ese poder frecuentemente es desfavorable a las mayorías?

Se puede extraer una primera conclusión: El ejercicio político de los poderes representativos en las actuales democracias liberales no representa, o no es capaz de representar adecuadamente los intereses de las mayorías sociales, ya que la distancia entre los más y los menos viene creciendo a cada ejercicio a favor de los segundos, más o menos según el color del gobierno de turno, pero crece.

Esto no sucedía así durante los llamados 30 años gloriosos (1945-1973) las políticas desplegadas en de las democracias desarrolladas, con un alto intervencionismo estatal, hicieron posible la construcción del Estado social y democrático de derecho en base a medidas de regulación del mercado y control de capitales, el crecimiento económico y la optimización de la demanda agregada, la estabilidad monetaria y financiera, el pleno empleo, una fiscalidad redistributiva y el desarrollo del llamado Estado de bienestar.

El cambio de signo de las políticas económicas se da en los años 70 y 80, comenzó en el centro del sistema, EE.UU, cuando se dan varios factores: Una caída de la tasa de ganancia,  Una doble crisis presupuestaria y comercial y una crisis del sistema monetario, la chispa final fueron las llamadas crisis del petróleo. Las políticas económicas elegidas por los adalides del sistema, para recuperar el buen ritmo de su tasa de ganancia, retroceden a las recetas del liberalismo económico, hay que acabar de nuevo con el intervencionismo del Estado sobre la economía. Con la escuela neoliberal sobrevino una progresiva desregulación, liberalización y privatización en los mercados; al mismo tiempo que el desarrollo de las tecnologías de la información, la caída del Muro de Berlín y la descomposición de los regímenes comunistas, crearon el marco propicio para el desarrollo de lo que se ha llamado Globalización neoliberal.

Por otra parte la sobredimensión otorgada a las finanzas en el conjunto de la economía, originada en su inicio por la atracción de capitales hacia la flamante industria financiera de Wall Street y que replicada a otros centros e instituciones financieras fue el origen de una Globalización real de impronta financiera, provocó una economía financiarizada, cuya naturaleza ha pervertido las bases conocidas de la propia economía. La economía real, basada en la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, en cuyo contexto se producía valor, se ha transformado en un tipo de economía virtual, de carácter fundamentalmente especulativo, que no crea valor, sino creciente acumulación de capitales.

Hemos de reconsiderar la naturaleza del Poder: Una oligarquía financiera global.

Su victoria, la del nuevo capitalismo financiero, se ha materializado haciendo del mundo una mercancía al alcance de los grandes capitales. Todo bien, recurso o servicio se ha monetizado y este hecho hace que todo sea susceptible de titularizarse y convertirse en un activo subyacente sobre el que se construyen complejos productos financieros derivados, que se negocian en las bolsas y mercados de futuros de todo el mundo.

Su dominación consiste en controlar desde el poder bancario la creación de dinero-deuda. La deuda contraída por las familias y por los estados frecuentemente genera unas condiciones económicas y sociales de esclavismo, al priorizarse la subordinación de la política al requerimiento de los acreedores financieros.

Su prepotencia consiste en abrir las puertas del Gran casino. La banca y grandes inversores institucionales (Aseguradoras, diversos tipos de grandes fondos privados, planes de pensiones, fondos soberanos, etc) realizan cada vez más sus negocios en el Gran casino financiero, creando burbujas que estallan y poniendo en grave riesgo las economías. Resultado de ello son las crisis que conocemos y que dada la forma en que se resuelven -socialización de las pérdidas y austeridad- hacen pensar que más que crisis son estafas.

Su gran pericia consiste en la capacidad para burlar las normas fiscales, de hacer presión lobista a los gobiernos en su beneficio. En prodigar el velo de la opacidad, que oculta sus delitos, sobre todos sus operativos. En “mantener” las condiciones de competencia hasta que surgen oligopolios por selección natural.

Su falta de humanidad, ética y responsabilidad está presente en todas sus actuaciones. En tratados injustos de comercio, en la expoliación de los recursos naturales de los países menos desarrollados, en la explotación de trabajadores y trabajadoras en todo el mundo. En general en primar el beneficio cortoplacista a cualquier proyecto responsable social o ecológicamente.

En la base de todas las actuaciones de las oligarquías económicas globales está el beneficio, al mismo tiempo que su aceptación cínica de la existencia de la lucha de clases, de garantizar activamente el ejercicio de su poder sobre los más, sobre las condiciones que harían posible una auténtica democracia. Es por ello que hace más de dos décadas que un buen elenco de visiones críticas hablan de términos como: Dictadura de los mercados (ATTAC), acumulación por desposesión (Harvey), capitalismo depredador, (Fontana, Vigueras), capitalismo extractivo y rentista (Roberts)…

Sin embargo, cuando es patente que la realidad se muestra tan esquiva a la democracia, los narradores mayoritarios defienden su excelencia desde los altares institucionales y en los grandes medios y tachan de extremismo cualquier ejercicio político que reivindique participación, derechos o dignidad. Paradójicamente todo ello desde la legitimidad democrática.

Quizá no sea demasiado afirmar que hemos llegado a una situación de desgobierno, a una situación en la que los poderes políticos legítimos, no están frecuentemente capacitados para representar los intereses de las mayorías que les eligieron. ¿Es ciencia ficción afirmar que nos gobiernan poderes ademocráticos a quienes nadie ha elegido? Pensemos si hoy día podríamos decir que el mundo se ha convertido en una finca global, con sus señoritos (oligarquía financiera), sus mayordomos de fincas-estado (gobiernos) y sus amas de llaves (administraciones). Pero de todo ello hablaremos en la próxima entrega…