lunes, 7 de septiembre de 2020

¿Un golpe de estado silencioso en España?

 



En 2009 el execonomista jefe del FMI Samuel Johson, describía en un artículo la crisis financiera de Wall Street como el fatal desenlace de un “golpe de Estado silencioso”. Durante años y bajo el lema “Lo que es bueno para Wall Street es bueno para el país” la élite financiera marcó el rumbo de la economía ante las manos caídas o complicidad de los gobiernos, convirtiendo finalmente la principal economía del mundo en una “república bananera” que acabó implosionando con la crisis de 2008.

En España podríamos igualmente hablar de un golpe de estado del capital financiero desde los años 90 hasta el presente, lento y revestido de “motivaciones doradas” por nuestros diversos gobiernos. La entrega a la banca privada de una nada despreciable banca pública en los 90 y posteriormente el operativo desplegado para malvender o regalar las cajas nacionalizadas a las finanzas privadas, constituyen una parte sustancial de la toma silenciosa del poder económico-financiero en España por las corporaciones bancarias. Del mismo modo que en los USA, lo que era bueno para los accionistas de BBV, BSCH, Banco Sabadell, o CaixaBank, era bueno para España. Supongo que las decisiones políticas que “bendijeron” las operaciones se tomaron al albur de dos tipos de estímulos, unos positivos: la participación en consejos de administración, vía puertas giratorias, la financiación de los partidos o la exención del pago intereses en los créditos formaban parte de la trastienda de las operaciones. Otros negativos ante chantajes o amenazas de externalizaciones de servicios, entidades o capital.

Las fusiones y absorciones forman parte del código genético del capitalismo, las empresas que no crecen acaban desapareciendo o no contando en el reparto del mercado. Consecuencia de ello es la formación de oligopolios que acumulan poder dentro de sus sectores, en este caso el financiero. Tres décadas han supuesto el proceso de acumulación de un oligopolio que ya ostenta uno de los índices de concentración bancaria más altos de Europa, seis veces el de Alemania, con el coste que ello lleva para la competencia y para los consumidores. Después de la fusión (absorción en la práctica) Bankia-CaixaBank, el oligopolio adquirirá proporciones de dominio total sobre el sistema financiero y acabará con el sueño de una banca pública como única forma de disponer de una parte del sector financiero democratizada al servicio de los ciudadanos y capaz de desplegar líneas de crédito que no asume la banca privada. Una Banca pública al servicio de una economía social y ecológica, que combata los excesos de la banca privada movida por el beneficio, mediante el crédito, o bien a muy corto plazo mediante la especulación, la domiciliación de filiales en refugios fiscales, la comercialización de productos estafa y activos tóxicos, el empleo de comisiones abusivas, la reducción de plantillas, el cierre de oficinas y la exclusión financiera.

La codicia sin límites de la banca privada no podía tolerar en los años 90 un sector público que en algún momento equiparó su capacidad crediticia, ni más tarde la competencia de las cajas en cuanto a depósitos y crédito. La presión o el cabildeo con los sucesivos gobiernos está a punto de conseguir gran parte de sus objetivos con esta “fusión”, con la privatización casi total del sector financiero condicionarán sustancialmente las decisiones en política económica. Se habrá cerrado en España el “golpe de estado silencioso” y afianzado una dictadura corporativo-financiera en el seno de una “monarquía bananera”

Pedro Sánchez - siendo que a los ministros de UP se les ha mantenido ajenos a las negociaciones - ha manifestado que se pretende que la fusión se realice de tal forma que se maximicen los activos del Estado en beneficio de la ciudadanía. Lo que no ha explicado es que la fusión entierra definitivamente un proyecto de banca pública en España y que el Estado pasa, de tener el control de una banca nacionalizada con el 61% de acciones a ser accionista minoritario en una entidad privada. Olvida asimismo hablar de qué parte de los 24.600 millones de euros del rescate de Bankia, de los que hasta el momento solo se han devuelto 3000, va a recuperar o no la ciudadanía.

Se ha mantenido a la ciudadanía deseducada y ajena a los problemas económicos que le afectan, sin saber analizar sus causas. Es hora de despertar.

 

 

lunes, 24 de agosto de 2020

No hay atajos hacia el cielo

 


La lucha por “conquistar el cielo” ha sido desde Marx recurso semántico habitual en la izquierda política, para caracterizar el momento revolucionario en el que las fuerzas populares logran acceder al poder o al autogobierno de su propia existencia. La base de la democracia liberal, incorporaba la soberanía popular como ícono político de la misma y la llamada cuestión social, que movió durante los siglos XIX y XX a la ciudadanía para la conquista de derechos, promovió, en las llamadas democracias avanzadas, el Estado social y democrático de derecho.

No es mi intención enumerar y menos analizar las frecuentes crisis económicas y sociales que el sistema político de la democracia liberal – del que Winston Churchill dijo “es el menos malo de los sistemas”- ha padecido desde los años 70 hasta la actualidad. Sí doy por supuesto la profunda contradicción actual con sus enunciados y principios en lo que atañe al eje de soberanía, debido a la hegemonía del mercado capitalista sobre el estado y la sociedad. Dicha contradicción ha supuesto su progresiva deslegitimación sistémica y desafección ciudadana.

“La llaman democracia y no lo es” “no somos mercancías en manos de políticos y banqueros” clamaban en las plazas de España los indignados del 15 M en 2011. Este momento representó la explosión patente de la indignación social ante las consecuencias lamentables de la crisis e interpelaba a los agentes económicos y políticos por la conjunción de vulnerabilidades sociales y falta de perspectivas vitales de buena parte de la población, muy especialmente de la juventud. De la popularidad de este movimiento nos ilustra el hecho de que los sondeos de opinión del momento situaran en un 65% su aceptación social. Su réplica en diferentes ciudades del Mundo internacionalizó su prestigio. El fragor de la democracia deliberativa en las plazas, bien hubiera podido producir un momento “constituyente” organizativo de la sociedad civil más consciente, a pesar del resquemor institucional del que llamaron el Régimen del 78 y de la represión policial.

La sociedad cautiva del mercado, desarmada por la interiorización de valores del sistema y bombardeada por los medios de comunicación, precisa momentos de encuentro de sensibilidades y visión cara a cara, de autopercepción como conjunto de voluntades y construcción del sujeto colectivo, conformado mediante la acción deliberativa y más allá de la observación pasiva de los espectáculos de masas. El 15M reunía elementos proclives para   el encuentro social deliberativo. La conjunción de voluntades e inteligencia colectiva hacían viables las condiciones para comenzar un proceso de ruptura con la sociedad atomizada y la construcción de iniciativas de desarrollo social autónomas del Estado y del mercado. Sin embargo las prisas por adquirir poder para cambiar las cosas llevaron a parte de actores del movimiento a organizarse políticamente para litigar por el acceso a las instituciones.

“Vamos poco a poco porque vamos lejos” observaban los más conscientes del potencial de acción colectiva inherente en la multitud indignada. El poeta Marcos Ana, ya fallecido, el preso político que más años pasó en una cárcel franquista decía que “la única forma de que cambien las cosas es que los cambios sean lentos” y es que no hay que dejarse deslumbrar por la voràgine del espectáculo político, muchas veces lampedusiano (cambiarlo todo para que nada cambie).

Una parte del movimiento del 15M, conformada por jóvenes lideres y profesores universitarios, pensó que constituirse en fuerza política para acceder a las instituciones, podía ser un revulsivo que acelerara el cambio necesario en España. Pablo Iglesias enfatizó en un mitin en 2014 “El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto” Podemos creyó que con el “asalto” electoral a las instituciones, sus grandes ideas transformadoras iban a ser el revulsivo político que cambiara la sociedad. A posteriori, cada cual puede juzgar el resultado, se han hecho muchas observaciones y análisis respecto a la deriva de Podemos a partir de la Asamblea de Vistalegre II en febrero de 2017, a partir de su fusión con IU para fundar UP y especialmente a partir de su entrada en el actual Gobierno de coalición con el PSOE. A día de hoy el batacazo electoral en Galicia y Euskadi y el ensañamiento de la oposición y los medios con Podemos bien pudiera suponer el final de su aventura celeste.

No es mi deseo entrar a analizar el complejo desarrollo político e institucional en el trayecto de Podemos y UP, si bien pienso que para izquierda institucional en 2014, fecha de fundación de Podemos, ya estaba IU y que el movimiento indignado de las plazas reunía potencial transformador para el progresivo empoderamiento y autoorganización social. La revolución siempre pendiente y la que merece la pena es la social, eso lo saben muy bien el neozapatismo y los movimientos autónomos y libertarios. Pero la vía social es larga y no cabe en los que están ávidos de poder. Si no hay condiciones contextuales culturales y de acción y conciencia social a la altura, cualquier intento de cambio desde el poder será baldío. El camino es largo, no hay atajos para “subir a los cielos” y las organizaciones sociales hemos de creer que podemos transformar la sociedad desde abajo, pero para ello hemos de estar mucho más coordinadas y con la vista puesta en un proyecto de cambio social común.

Cualquier persona activa hoy y con proyección hacia el cambio social habría de conocer la realidad del S.XXI y su gran complejidad, comprender que la época de los grandes y fáciles discursos revolucionarios quedó atrás. Eso hace más compleja y difícil, pero igualmente necesaria la construcción de proyecto de acción social colectiva. Su mera posibilidad habría de constituir el tenaz empeño de estas personas y colectivos para promover y abrir la participación deliberativa a amplias capas de la población.

jueves, 23 de julio de 2020

¿Hay salidas a la dictadura de los mercados, bajo la cáscara de democracia liberal, en la era global?





Quien haya visto la excelente película del director Sydney Pollack “Danzad, danzad, malditos” no tendrá dificultad en establecer un cierto paralelismo, en cuanto a posible representación simbólica de su argumento, con el desarrollo de los actuales procesos electorales y de investidura maratoniana en nuestras democràcies liberales.

Mientras la música continúa sonando en la pista de las performances democráticas y las gentes siguen apostando por aquellos candidatos que mejor sobrelleven el cansancio en el baile electoral post-crisis, en los accesos a la fiesta siguen apostados y controlando la pista de baile los que siempre han hecho negocio con todos los espectáculos, los que han sacado réditos de todas las crisis, los plutócratas de turno.  Al mismo tiempo que los susodichos mantienen su apuesta política preferente bien situada desde los altavoces del recinto patrio bajo su control.

Focos y cámaras no dejan por un segundo de cubrir a los líderes representantes de este espectáculo, que acaparan así la exclusividad en las expectativas políticas de las gentes. El mañana se está jugando mediante un baile maratoniano de declaraciones, posicionamientos, cifras y pactos que se nos tratan de mostrar, mediante un totum revolutum, como el universo de las propuestas políticas con respecto a lo posible. Por lo enconado de la contienda podría deducirse que los vencedores habrían de ser, de facto, los líderes que en el futuro pudieran cambiar nuestra situación, haciendo posibles los deseos de quien en ellos confían; que fueran a ostentar el poder de decisión sobre lo sustancial que afecta a lo particular y lo colectivo.

El premio, para estos aventureros del espectáculo electoral, sería poder ejercer su profesión política en el gobierno de la nación, durante un tiempo estipulado en el que tendrían el honor de servir al bien común de la comunidad política que los ha elegido y muy especialmente el privilegio de priorizar y favorecer el de sus votantes y/o fuerzas sociales o económicas que les dan apoyo.

Hasta aquí se podría argumentar el guion pre-diseñado de este momento estelar de la democracia, el de la elección de las candidaturas más apoyadas por la ciudadanía y el consiguiente proceso de investidura, en un ejercicio necesario como ritual de delegación de la soberanía popular. No obstante este ritual tiene una forma y un fundamento establecidos desde el sistema que periódicamente monta esta “fiesta” electoral.

Gui Debord y el movimiento Internacional Situacionista, que alimentó el espíritu del Mayo francés, argumentaron sobre lo que denominaron Sociedad del  Espectáculo. Lanzaron este constructo contra la cara-espectáculo de la sociedad y sus ritos y en concreto también en lo que afecta a la máscara de las categorías políticas representativas. Las elecciones en esta sociedad del espectáculo se producirían como una realidad ritual, una forma procedimental caracterizada y pre-establecida desde el Poder. La representación se muestra así como algo más real que la experiencia vivida y  somete al individuo a la condición de espectador pasivo y a aceptar pasivamente el estado de cosas existente. Los ritos de la sociedad del espectáculo retroalimentan continuamente los aspectos míticos del poder.

El mito demócrata liberal del poder como soberanía popular es el más extendido y compartido de la política desde las revoluciones  francesa y americana hasta nuestros días. Como todo mito cumple una función de anclaje de la representación en un ideario, que es el ideario que acompaña a los procedimientos implícitos en los rituales democráticos.

Contrariamente a la idea de soberanía popular plasmada en los ordenamientos legislativos, un buen número de autores desde la política, la sociología, la economía o la filosofía han abundado en el aspecto ritual y mítico de la democracia liberal o formal. En realidad muchos son los autores que han hablado de la realidad elitista de las democracias occidentales. Las élites políticas, militares y económicas, decía el sociólogo norteamericano Wraight Mills en los años 60 del siglo pasado, poseen un punto común sobre el Mundo que hacen prevalecer e imponen socialmente, pero por encima de todas está la élite económica que predomina sobre todas las demás. Fue un politólogo, precisamente liberal, Robert A. Dahl quien en los 70 habló de que el ordenamiento democrático constituía en realidad una Poliarquía, en donde diferentes oligarquías políticas competían por obtener el poder. Aunque el caso es que como muy bien señaló Wraight Mills, el poder político siempre ha sido subsidiario del económico en los actuales sistemas democráticos.

Pero sobre todo y como ha ilustrado el marxismo epistemológico, la democracia liberal hoy no es sino el telón de fondo donde se reproduce la lucha de clases como motor de la historia, en el sistema capitalista actual. En esta democracia formal, el logro democrático igualitario de facto vendría dado por la derrota parlamentaria de las fuerzas capitalistas oligárquicas, siendo que, cada vez más, se constata cómo una democracia real es estrictamente incompatible con el sistema capitalista. Como explicitaron teóricos sobre la democracia en diversas épocas, como Alexis de Tocqueville o Norberto Bobbio, la democracia, aparte de con la libertad de voto, tiene mucho que ver con las cuotas de igualdad conseguidas en la sociedad; ha de ser procedimental y sustancial.

Finalmente, las teorías anarquistas desde el socialismo libertario desconfiarían de cualquier forma de estado como garante de la democracia posible y propondrían organizar la sociedad en torno a confederaciones de comunidades o comunas libres y autogestionadas. El mayor valor de las corrientes diversas de pensamiento libertario, ha sido los valores que han proyectado en diversos movimientos sociales y sociedad crítica. La democracia directa, radical, participativa y la crítica de la representación, reivindicando otras formas de hacer política, más consultas ciudadanas y una democracia informada y de base. Estos han sido avances sociales teñidos en parte de algunos valores que los movimientos libertarios han ido imprimiendo en la sociedad.

Llegados a este punto, surgen preguntas inevitables que nos enfrentan a la verdad desnuda de la política ¿Quién tiene poder y cómo lo ostenta?

Hemos de preguntarnos por la naturaleza del poder político, en qué consiste y bajo qué forma se representa.  También establecer el territorio o unidad política en la que se ejerce. Otra pregunta es cómo se distribuye el poder en la sociedad. Así mismo hay hoy que preguntarse sobre el grado de poder que adquieren los representantes electos para poder decidir y gestionar políticas basadas en el encargo delegado por la sociedad y por su propio programa político.

Desde que sucumbió el bloque soviético, en el que el poder estaba concentrado en los aparatos del Estado, fue un solo sistema, el capitalismo el que heredó la faz de la tierra. La falta de  contrapoder global, supuso la extensión del libre mercado al mismo tiempo que el cuestionamiento de lo que de estado había en las ideas políticas socialdemócratas y en el Estado de bienestar. Los conservadores anglosajones adoptan el ideario del neoliberalismo a final de los 70  y éste impregna en los 90 la socialdemocracia, que por medio de la llamada Tercera vía transforma su sustancia de facto en social-liberalismo. A día de hoy las políticas neoliberales que comienzan con Ronald Reagan y Margaret Thatcher han prendido en todo el globo, que cada vez más se aproxima a constituir una finca global de las grandes corporaciones, sean estas privadas, o estatales en antiguos países comunistas o emiratos árabes.

Por otra parte, con el desarrollo de la globalización, se ha transformado la naturaleza de la acumulación capitalista. El desarrollo exponencial del capital ficticio en el conjunto de la economía, ha supuesto grandes transformaciones en los equilibrios globales de poder. Si con el triunfo, en los 80 y 90, de la factoría neoliberal el mercado infringió un duro castigo a la sociedad mediante la reducción sustancial del estado de derecho, con el hiperdesarrollo del sector finanzas dentro de la economía a partir de los años 90 se ha producido una mímesis importante del capitalismo global, que de una fase de capitalismo productivo ha mutado en capitalismo financiero, lo que nos lleva a hablar hoy de una economía financiarizada. Por cada euro, dólar o unidad monetaria que se emplean en el desarrollo de la economía productiva, se están moviendo  96 en la economía especulativa. Esto pervierte cualquier tipo de bondad que en el pasado se haya podido atribuir al sistema capitalista y convierte la economía en un juego de casino en el que, en función del enriquecimiento ilimitado y el poder consecuente que proporciona, una minoría de plutócratas depredan las vidas y el planeta en una carrera despiadada y sin sentido hacia ninguna parte.

Mientras a este estado de cosas económicas y la enorme desigualdad que genera, se le sigue llamando democracia, los diversos partidos políticos pretenden que la ciudadanía les delegue, a través del voto, un poder que este sistema no pone de facto en manos de los representantes. La globalización financiera ha acabado – a través de la competencia, la desregulación, la liberalización y privatización – convirtiendo los estados concretos en fincas particulares de los plutócratas globales. Lo que mueve el mundo de la vida hoy es fundamentalmente la lógica de los inversores. En este nuevo orden de cosas el papel al que esta plutocracia global quiere reducir los gobiernos, es el ser los “mayordomos” de sus fincas u estados y el papel de las administraciones se convertiría en el de ser las “amas de llaves”. Esto que en principio puede resultar aventurado y grotesco, puede no ser tanto si bien lo pensamos. En este magma de poder, la soberanía popular se hundiría e invisibilizaría bajo el peso de la desposesión. Se ha producido un movimiento tectónico en el necesario equilibrio de poderes entre el Estado, Mercado y Sociedad. Hace dos décadas que se viene hablando de dictadura de los mercados.

Paralelamente a la pérdida de poder y control por parte de los gobiernos, el sistema profundizaba y globalizaba sus propios riesgos, al mismo tiempo que generaba nuevos. Cada riesgo genera un peligro para las sociedades y el planeta, así que el abordaje de los riesgos se convierte necesariamente en cuestión política. En una fase de autoconciencia reflexiva, la sociedad puede llegar a ser consciente de los peligros y amenazas incontroladas que genera y esto a nivel político se convierte en conflictos sobre los males que se producen y las responsabilidades de cada cual. Este hecho incontrovertible, lo explica muy bien Ulrich Beck en sus libros “La sociedad del riesgo” (1986) y La sociedad del riesgo Global (2001). Esta sociedad del riesgo, arguye Beck diluye los lazos sociales, motivo por el que la sociedad sufriría un proceso de individuación creciente.

En la época global de interconectividad, intercausalidad e interdependencia crecientes surgen nuevos riesgos globales que generan una época de gran  incertidumbre, lo que añade grandes dosis de complejidad al ejercicio de la política. De todos es sabido que la globalización financiera ha generado riesgos que impiden a los estados resolver los peligros que atenazan a sus sociedades basándose en  la gestión política propia. Este es el principal factor que hoy minimiza la capacidad de los estados para abordar con solvencia las causas de, por ejemplo, la crisis financiera y económica, el mercado laboral, la crisis del Estado de Bienestar, el deterioro del medioambiente, los conflictos bélicos por los combustibles fósiles y otras industrias extractivas, el terrorismo internacional y otros riesgos globales.

Mientras la democracia está secuestrada por los mercados y el mero ejercicio político queda muy restringido por el peso de las corporaciones globales, la escasa sociedad organizada languidece entre las trampas de los cercos patrios, pues los representantes a quienes se dirigen las reivindicaciones, ya solo son meros mayordomos que gestionan las reglas de juego de los señoritos globales. Por otro lado el gran conjunto social irreflexivo e inconsciente, permanece aferrado a la reproducción de los actos y valores que alimentan al gran depredador global. Podríamos decir que hoy avanza como nunca el sueño de Margaret Thatcher cuando dijo “La sociedad no existe. Hay individuos, hombres y mujeres y hay familias».

Las crisis no generan oportunidades, solo a una minoría plutócrata, pero lo que sí sucede es que ayudan a las personas a valorar lo que se perdió con ella y a reflexionar sobre el por qué. Es esto lo que puede crear de nuevo las condiciones de construcción de nuevos entramados de movimientos sociales resistentes a sus efectos y por el cambio.

Estamos ahora en un momento de estupor social, donde se derrumban cada día derechos adquiridos a nivel económico y social y en donde se disparan las desigualdades. Sin embargo, no solo “el Rey está desnudo”, la sociedad también. Ante el gran poder del depredador global, no hay proyecto político alternativo, ni posibilidad de cohesión social crítica y de revuelta. El Mercado se ha apoderado y enseñoreado del mundo de la vida y de las instituciones.

Todas las viejas tradiciones políticas de izquierda se han quedado sin apenas discurso, porque aquí no se vislumbra hoy nada que asaltar, o por lo menos asaltable. Asaltar el Estado es difícil para la izquierda en las sociedades pluralistas desarrolladas, dado el transfondo pluralista y dividido políticamente de la sociedad. Es más, en los últimos tiempos son las fuerzas neoliberales las que ostentan la mayoría representativa en Europa y los parlamentos de todos los países desarrollados.
A esto hay que añadir que la izquierda tradicional, o bien ha sido asimilada, o bien ve chocar sus argumentos contra los muros, hoy infranqueables, de la globalización capitalista.

Deconstruir el actual estado de cosas es el reto de cualquier fuerza emancipadora hoy, sea a nivel social o político. Es ya hora de plantearse un salto cualitativo en las respuestas desde la política y la sociedad. Al Gran depredador solo hay posibilidad de ofrecerle resistencia si la sociedad y la política cambian su enfoque restrictivo territorial en exclusiva y se organizan para salir también a presentar batalla en el marco que el juego está planteado desde hace tiempo, en el terreno global.

El marco estatal está claramente incapacitado para crear emancipaciones sostenibles, porque el marco global establecido es el de competencia y en este marco todas las sociedades luchan por conquistar beneficios, muchas veces a costa de otras sociedades contendientes. Aparte de esto, como hemos podido ver en los casos de Grecia, Cuba, Venezuela, Brasil, Bolivia o Ecuador recientemente, la diferencia no se tolera. Las personas solas no son nada, los países aislados tampoco.

Cuando no es posible afrontar el paradigma de ciudadanía desde los Estados nación, la multitud global más consciente, habrá de redefinir el contexto de ciudadanía con valores que trasciendan la nación y derriben la mayor arma del capital: el haber sometido a los estados a la competencia.
No hemos de dejar el cosmopolitismo en manos de los inversores globales. Todo lenguaje se prostituye y el término cosmopolitismo hoy, como vendrá observando cualquier lector habitual, sirve para nombrar a los agentes del negocio global, que invierten no importa donde, solo que obtengan los mayores beneficios a costa de la sociedad y el planeta. El cosmopolitismo habría de ser junto al internacionalismo los dos grandes ejes de la ciudadanía global empoderada.

Cuando hace tiempo se hundió la esperanza de enarbolar internacionalmente los valores republicanos y en gran parte han sido sustituidos por los valores del neoliberalismo: Individualismo posesivo, competitividad y consumo irresponsable. La competencia nos lleva a enfrentarnos al otro y a establecer fronteras físicas, psíquicas y mentales ante él, sea persona o estado. Tendremos que dejar de construir más muros, diluir las fronteras interpersonales y hacernos ingenieros de la solidaridad y la cooperación para tender puentes, para unir pueblos. El cambio de paradigma, para salvar la vida y el planeta, ha de ser muy profundo y ha de prender en la conciencia y en los corazones.

Es tiempo ya de decir basta, de no dejar pasar, por parte de las fuerzas del cambio conscientes ni un minuto más en organizarse a nivel europeo y a nivel global. Hay en este sentido tímidos movimientos de sectores sociopolíticos de ciudadanía en Europa que habremos de seguir muy de cerca en los próximos tiempos.

Ulrich Beck nos habla de una revolución cosmopolita de signo republicano y llama a los artífices de esta revolución “los hijos de la libertad” que constituirían una comunidad no territorial que luche globalmente por combatir la globalización mediante valores y objetivos cosmopolitas. Organizar estas redes de ciudadanos y ciudadanas sería la herencia más honrosa de aquellos que en los siglos XIX y XX viajaron por el Mundo organizando las Internacionales contra la explotación capitalista.

martes, 21 de abril de 2020

ITF, el espíritu de la Tasa Tobin y sus extraviados seguidores




En 1936 Keynes, analizando el Crash de la Bolsa de New York de 1929, consecuencia de la liberalización financiera, habló del “fetichismo de la liquidez” decía que la falta de liquidez es un obstáculo a la inversión productiva, pero que cuando el requerimiento de liquidez estimula la especulación, hace de la inversión productiva el subproducto de la actividad de un casino. En beneficio de la estabilidad del sistema financiero y de la economía era necesario establecer un pesado impuesto de estado a las transacciones financieras, que disuadiera las especulativas. Después de la Segunda Guerra Mundial el control de capitales fue uno de los requisitos establecidos para el progreso económico que originó los llamados “30 años gloriosos”. Sin embargo fue EE.UU, potencia guardiana y beneficiaria de este orden, quien lo dinamitó, cuando sus empresas tuvieron stock y una pérdida de la tasa de ganancia, buscando nuevas fórmulas en los economistas de la Escuela de Chicago.

En 1971 EE.UU abandonó el patrón monetario establecido en Bretón Woods en 1944 mediante la abolición de la paridad dólar-oro. Había adquirido una gran deuda por la financiación de la Guerra de Vietnam y otros motivos y sus reservas de oro eran insuficientes para sus necesidades. Lo que la Administración Nixon hizo es un suspender pagos, decidió imprimir y pagar con dólares la deuda, sin soporte de oro real en su Tesoro, aunque seguirá imponiendo el dólar como moneda de pagos y referencia internacional. El automatismo que tenía el oro para ajustar los déficits exteriores y la inflación desapareció y los países pudieron acumular déficits exteriores impensables en un sistema de patrón oro. La pérdida de paridad conllevó fluctuaciones imprevisibles de las monedas en los mercados de cambio y la inestabilidad resultante abrió una vía a la especulación, que impregnó la economía. Es entonces cuando ATTAC opina que se abre la vía neoliberal, que se irá consolidando en las dos siguientes décadas mediante medidas de desregulación y liberalización de los mercados financieros y sus instituciones. Con estas medidas EE.UU estableció, como su mayor negocio, el financiero y exporta su modelo alrededor del Mundo. El neoliberalismo, aplicado a las finanzas, ha supuesto la financiarización de la economía y la prevalencia del sector financiero sobre todo lo demás, de ahí que ATTAC hable de la dictadura de los mercados financieros.


Ignacio Ramonet rescató a Tobin del olvido en 1997, buscando una solución para combatir las diversas crisis financieras que se venían sucediendo en la última década. En su artículo “Desarmar los mercados” dice “El desarme del poder financiero debe convertirse en un objetivo de interés cívico de primera magnitud, si se quiere evitar que el mundo del próximo siglo se transforme en una jungla donde los predadores impongan su ley”. ATTAC surge en Francia en 1998 y una de sus primeras reivindicaciones es promover un impuesto Tobin del 0’1% sobre los intercambios de divisas, para frenar la especulación desenfrenada sobre las divisas y obtener un fondo para la ayuda al desarrollo y erradicación de la pobreza.

Desde 2004, cuando se constató el fracaso de Los Objetivos del Milenio de la ONU, comienza un debate internacional ante la necesidad para recabar fondos para la ayuda al desarrollo y acabar con la pobreza en el Mundo. Diversas ONG,s de ayuda al desarrollo vieron en un impuesto a las transacciones financieras una posible fuente de recursos. Durante un tiempo lanzaron diversas propuestas, que al final confluyeron en Una Tasa Robin Hood, liderada por Intermón Oxfam. No obstante la mayoría de actores demandantes de un impuesto, al final se pusieron de acuerdo en reclamar a nivel internacional un ITF (impuesto a las transacciones financieras). 

Según Keynes y Tobin, un ITF habría de ser ambicioso, de base amplia y tipos efectivos para disuadir el codicioso negocio financiero. Durante las décadas de los 80 y 90 del S.XX y mediante las políticas de desregulación y liberalización financiera, la banca financiera, los fondos y diversas carteras de inversión, los fondos de pensiones, aseguradoras y otros.., pudieron trasladar sus inversiones especulativas de unos activos a otros, distribuyendo las inversiones para que resultaran más rentables. De las acciones y divisas se fue pasando a los bonos en los mercados secundarios, los productos derivados, bienes básicos y alimentos, recursos naturales, vivienda, servicios públicos, etc; cualquier activo era susceptible de negocio especulativo, lo que provocó inestabilidad y crisis recurrentes.
Los factores a tener en cuenta en la implementación de este ITF habrían de ser, por orden de prioridad: 1.- Que disuada la especulación cortoplacista y contribuya a la estabilidad financiera. 2.- Que contribuya a gravar al sector financiero sin gravamen alguno y a la redistribución de la riqueza. De cualquier manera, dada la enorme preponderancia que ha adquirido la especulación sobre la economía real, cada vez más, el criterio habría de ser disuadir la especulación más allá de quien “contamina” (especula) paga.

El ITF tiene muchos detractores, los poderes financieros que ven cuestionar su beneficio, los think tank neoliberales y gran parte de la clase política. A nivel mundial ha sido rechazado por países con un gran sector financiero como EE.UU o Gran Bretaña. Desde la UE se consideró su implementación mediante la Directiva 2011/0261 de la Comisión. Su base impositiva es amplia, acciones y bonos (0’1% impositivo) y derivados en los mercados regulados (0’01%), si bien no entran divisas y mercados OTC no regulados. El rechazo de Gran Bretaña y Holanda y las presiones lobbistas lo hicieron fracasar. El mismo destino sufrió la iniciativa de 11 países en la UE, por el método de cooperación reforzada, contemplado en el TFUE, y que dio lugar a la Directiva 2013/52/UE.
De fijar la territorialidad del impuesto en la UE como enclave, en principio con peso financiero suficiente, se pasa a valorar la implementación de 11 países cooperativamente y ante el fracaso de ambas expectativas y con la intención de contribuir a enjuagar sus déficits resultantes de la crisis de 2008, diversos países optan por un ITF estatal.

Lo que países como Francia, Italia o España no reconocen es que no se puede llamar Tasa Tobin o ITF a los impuestos que han implementado, siendo lícitos no tienen el mismo espíritu de estos, más bien habría que llamarlos por su operativo, impuestos sobre la compraventa de acciones. No procede la territorialidad estatal, en principio Tobin pensó su tasa a nivel global, como mínimo poderla implementar en los mayores centros financieros, ya que contra más acotada era la territorialidad, más fácil es a los inversores trasladar sus inversiones a lugares que no aplican el impuesto. Son de base impositiva mínima, en concreto compra-venta de acciones, con lo cual los especuladores pueden burlar impuestos trasladando sus apuestas a otros activos. No disuaden la especulación en corto y a la baja, como se demuestra en otros países desde hace años. Es más, diversos estudios creen que no recaudarán lo que estaba previsto por los gobiernos. Pero sobre todo no previeron en su día que desregulando y liberalizando los mercados financieros maximizaron el poder corporativo-financiero y de sus lobbies, los cuales hoy impiden sistemáticamente cualquier intento de poner luz a la actual opacidad de las finanzas internacionales, condición necesaria para hacer efectivo cualquier impuesto. Es fácil constatarlo en los procesos e instrumentos del sector bancario para realizar transacciones financieras (SWIFT, Sociedades de Clearing) o en los territorios con sistemas jurídicos offshore. Susan George utiliza la imagen del “vampiro financiero”. No desea transparencia, no soporta la luz, que se siga la pista o el trazado de sus maniobras. Por ello se oponen a cualquier impuesto internacional por pequeño que sea, porque su implementación supondría a continuación la necesidad de establecer medidas de transparencia y esto acabaría con su negocio.

Hace mucho que los gobiernos extraviaron el rumbo cediendo toda iniciativa al capital ¿Será que hoy es ya impostergable la transparencia y tomar medidas para democratizar la vigente arquitectura financiera internacional, o prefieren despistarnos con sucedáneos de ITF y otros cantos de sirena? Si, a su tiempo, la comunidad internacional hubiera hecho caso a Tobin, igual ahora los gobiernos hasta gobernaban.

miércoles, 19 de febrero de 2020

¡Víva la filosofía en los institutos!






Fallo de sistema (X)




¡Viva la filosofía en los institutos!

La democracia regresó a España de la mano de la Transición política y generó amplios debates que nutrieron la pugna por el control de la educación. Básicamente emergen modelos y líneas de acción educativa, bien de tradición conservadora y retro, bien liberal siguiendo la estela de Europa, bien modelos críticos sobre la educación desde los movimientos de renovación pedagógica. Las tres han dejado huella en nuestras prácticas educativas, si bien es el liberalismo imperante el que marca hace décadas el corpus de la educación. El liberalismo político ha fomentado la meritocracia, el “legítimo” derecho de los individuos “más aptos” para hacer prevalecer sus intereses y en esto ha sido reforzado por un liberalismo económico de “libre mercado” que, lejos de proporcionar igualdad de oportunidades ante la educación, transmite y profundiza generacionalmente la reproducción del estatu quo.

Nuestros sucesivos gobiernos vienen adoptando líneas curriculares y programáticas marcadamente tecnocráticas, siguiendo el funcionalismo imperante en las disciplinas que se han venido a llamar "ciencias sociales", cuando la educación núnca ha sido, ni será, una ciencia; sí nutre disciplinas del saber que actúan desde la experiencia, la interrrelacción, la generación y la transmisión de conocimiento. Este dislate es fundamental para comprender el auge del liberalismo y el ataque a los valores republicanos en la educación.

Fue August Compte, en el S.XIX, quien extendió el marco positivista de la ciencia a lo social, de ahí el actual enfoque liberal de las llamadas “ciencias de la educación”. Reduce al educando a la categoría de objeto de la educación, cosificándolo en función de la adquisición de aprendizajes prediseñados e impidiendo sea sujeto de su educación, de su propio plantar y descubrirse en el mundo. En este sentido la educación ha de recuperar la acepción clásica de la raíz latina “educere” (sacar de dentro, dar a luz), el reto de la educación es acompañar el aprendizaje de los sujetos en su propio proceso educativo y transcender así el sentido adiestrador de la educación conservadora, al mismo tiempo que el tecnocrático reproductor del funcionalismo liberal. Los espíritus libres requieren afrontar la vida preguntándose sobre su entorno y circunstancias. Las humanidades y especialmente la filosofía ayudan a pensarse y pensar el mundo, creando las bases para el juicio y la crítica transformadora. 

En una democracia republicana, la educación, además de educarnos en libertad, ha de ser igualadora y ayudarnos a colaborar y a ejercer la solidaridad, necesarios para evitar todo tipo de dominación. Decía Étienne de la Boétie en el S. XVI “La causa de constituirse los hombres voluntariamente esclavos, es que nacen siervos y son educados como tales” y Nelson Mandela que “La educación es el arma más poderosa para transformar el mundo”. Foucault, en su aproximación a la educación, atribuye a la escuela la capacidad disciplinar, ámbito en donde las personas son moldeadas para adaptarse a la producción o a las relaciones sociales establecidas. Reclama espacios de libertad para la reflexión, para el pensamiento, capaces de problematizar y diseccionar los micropoderes propios de un sistema de dominación.

El fracaso de la educación es de la sociedad y de su escasa cultura democrática, por ello se habla, más allá de la institución escolar, de sociedad educadora. Es apremiante que la sociedad se comprometa con la educación de las futuras generaciones. La ciudadanía ha de responsabilizarse, exigiendo a los poderes públicos una educación pública de calidad, plural, laica y abierta a lo diverso. Capaz de promover valores democráticos, de compensar las desigualdades y de aumentar las oportunidades sin excepciones. Este es el primer reto si no queremos quedar a merced de los adoctrinadores y del mercado.

Importa a la izquierda establecer bases en la educación que ayuden a profundizar la democratización, orientada al cambio, de un sistema marcadamente desigual. Frente a la enseñanza conservadora de recreación de la tradición o al estímulo meritocrático liberal como justificante de la desigualdad, la izquierda política y social habría de sentar bases para abrir las conciencias al pensamiento crítico, como forma de salir del “anillo fatídico” de reproducción de lo dado. ¡Bienvenida sea la obligatoriedad curricular de la filosofía!

viernes, 10 de enero de 2020

Un impuesto contra la especulación financiera, más necesario que nunca



ATTAC ACORDEM


La ineludible responsabilidad política y técnica de regular y controlar los mercados financieros ha sido demanda recurrente de prestigiosos economistas desde hace un siglo y de los movimientos sociales por la justicia económica desde más de dos décadas, dado los grandes riesgos para la economía y las sociedades de unos mercados financieros desbocados.

El Crash de 1929, que dio paso a la Gran Depresión, tuvo su origen en la falta de regulación en Wall Street, donde se dejó a los inversores operar apalancados crediticiamente hasta un 90%. En 1936 J.M.Keynes asegura que la absoluta falta de regulación en la Bolsa de New York permitió la voracidad especulativa y el Crash y dice que las transacciones especulativas, en beneficio público, han de resultar inaccesibles y caras. Propone entonces un impuesto a las transacciones financieras, que tendría un efecto estabilizador sobre los precios de los activos financieros y mejoraría el crecimiento económico y el empleo.

Las regulaciones de Bretton Woods en 1944 suponen, entre otras, medidas para el control de capitales y un nuevo patrón monetario, se establece el sistema de paridad dólar – oro (35 dólares por onza) manteniéndose fijos los tipos de cambio del dólar con respecto al resto de monedas. Pero a finales de los años 60 EE.UU tuvo que sufragar gastos extraordinarios, entre ellos la Guerra de Vietnam y el Gobierno de Richard Nixon abole la paridad en 1971. Básicamente con ello lo que EE.UU hace es dejar de pagar su deuda imprimiendo dólares sin ningún tipo de cortapisas y sin relación con sus reservas de oro. La pérdida de convertibilidad dólar-oro supone, entre otras cosas, fluctuaciones imprevisibles en los tipos de cambio, inestabilidad de las monedas y campo libre a la especulación.

Los inversores ven una oportunidad en las posibilidades de la industria financiera que se inicia y tienen necesidad de diversificar los riesgos que asumen “no meter todos los huevos en la misma cesta”, consecuentemente se han de liberalizar los mercados para pasar libremente de unos activos a otros. Para ello se promueve a nivel internacional durante los 70 y 80 la liberalización de los mercados de capital y de cambio, a ello contribuyen en la OCDE, el FMI y el BM. Esto da alas a una economía especulativa que cambia la naturaleza del mercado, ya que se impone el motivo especulativo. Attac sitúa el inicio del proceso de globalización financiera en la pérdida de paridad dólar-oro junto a la libertad de circulación de capitales.

En 1972, el economista James Tobin, al observar el espectacular crecimiento de la especulación con monedas (divisas) desde la pérdida de paridad, propone grabar con un impuesto de 0’5% los intercambios de divisas en muy corto tiempo, aquellos que no tenían por objeto la inversión productiva, sino la especulación con las monedas, dice que hay que “introducir un grano de arena” en los engranajes excesivamente lubricados de las finanzas internacionales. Coincide con Keynes en que la excesiva movilidad de capitales socava la acción de los gobiernos impidiéndoles seguir políticas autónomas y soberanas, los estados perdían soberanía económica con la especulación ya que la explosión consecuente en los mercados de cambio conlleva una excesiva liquidez y una desconexión con la economía real. Cree que hay que reactivar la capacidad de los bancos centrales para intervenir de forma efectiva en los mercados de divisas. La llamada a partir de entonces Tasa Tobin habría de contribuir a ello, si bien Tobin no se opone a la liberalización de capitales, sino que trata de combatir su efecto más perverso: La especulación cortoplacista. El impuesto habría de recaudarse a nivel mundial, al menos en todos los centros financieros importantes, lo recaudado iría a un fondo central controlado por una institución internacional. En este punto hay que reseñar que en la actualidad hay varios refugios fiscales opacos (centros offshore) entre los mayores centros financieros.

Años después, episodios, como el crash de las bolsas internacionales de octubre de 1987, la crisis del Sistema Monetario Europeo de 1992 y 1993, la del peso mexicano de finales de 1994 o la crisis de los mercados asiáticos de 1998, cuestionaban el aparente consenso que existía sobre el proceso de liberalización financiera, y relanzaron el debate sobre la conveniencia de limitar los movimientos de capital especulativo a corto plazo.

El ITC ( Impuesto a las transacciones cambiarias) es el impuesto que ATTAC promueve y defiende a partir de 1998, durante años su tasación a las transacciones financieras se concretó en los mercados de divisas que constituía el mayor mercado especulativo, entonces 1500 millardos $ cita Ignacio Ramonet y dice “El desarme del poder financiero debe convertirse en un objetivo de interés cívico de primera magnitud, si se quiere evitar que el mundo del próximo siglo se transforme en una jungla donde los predadores impongan su ley” así ha pasado ante la falta de impuestos a la especulación financiera. Más adelante, junto a otras organizaciones de la sociedad civil, ATTAC amplía la necesidad de este impuesto a todo tipo de transacciones financieras especulativas, mediante un ITF – Impuesto a las transacciones financieras, que tendría dos objetivos: 1.- Disuadir, en lo posible, la especulación cortoplacista con todo tipo de activos y 2.- Generar un fondo para ayuda al desarrollo, preservación de la biosfera y de los bienes comunes de la humanidad.

La movilización social y política en la comunidad internacional por el ITF tiene un tope en 2004. El signo del impuesto se desplaza entonces desde un sentido fundamentalmente disuasor de los movimientos cortoplacistas a un sentido más de base recaudatoria. La Cumbre de la Alianza contra el Hambre (New York 2004) hace un llamamiento a la comunidad internacional a conseguir fuentes de financiación contra el hambre y la pobreza. Emerge toda una red de instituciones, movimientos y ONGs que promueven la necesidad de conseguir nuevas fuentes de financiación contra la pobreza. Este movimiento acaba liderándolo Oxfam Intermon con su Taxa Robin Hood cuyo objetivo fundamental no pretende ya controlar los mercados financieros, aunque la evolución del impuesto haya caminado colateralmente al del ITF hasta llegar a fusionarse en la actualidad en un ITF común que, en parte, ha encontrado eco en las instituciones de la Unión Europea.

Ante el boicot activo de EE.UU (Wall Street) y otros estados a nivel internacional a promover de un ITF global, actores políticos y de la sociedad civil en Europa promueven la posibilidad de un ITF en la Unión Europea, dado el importante volumen financiero negociado. Redes como ENOFAD (European network on Finance and Developmen) o Regulate Global Finance NOW! en la UE o ITF YA! En España trabajan haciendo presión ciudadana e institucional y en 2010 es ampliamente aprobado en el Europarlamento un informe colectivo presentado por Ani Podimata y que pide a la Comisión establecer un ITF en la UE. El resultado de esta iniciativa no se hace esperar, en septiembre de 2011 se inicia el proceso para la implementación de la propuesta de directiva 2011/0261 de la Comisión Europea sobre un ITF común en la UE.

La directiva 2011/0261 plantea un impuesto internacional que todos los sistemas tributarios de la UE habrán de aplicar a sus finanzas, para garantizar el buen funcionamiento del mercado financiero interior, limitar los comportamientos indeseables del mercado y promover así la estabilidad financiera. La imposición tendrá lugar en el Estado miembro en cuyo territorio esté establecida la entidad financiera operante y se establece la armonización del impuesto en la UE, cuya base impositiva se centra en transacciones en el mercado de capitales y monetario (excluyendo instrumentos de pago), participaciones o acciones en organismos de inversión colectiva y productos derivados en general. Quedarían excluidas de este ITF las operaciones de divisas en los mercados Spot al contado, ya que según la Comisión se obstaculizaría la libre circulación de capitales. Los tipos mínimos impositivos serían del 0’1%, excepto en el caso de productos derivados que sería del 0’01%, dejando a los estados pequeñas modificaciones.

Desde su anuncio, la presión contraria de EE.UU, dado el liderazgo y preeminencia de sus entidades financieras en el sistema financiero internacional y la oposición de los lobbies financieros mundiales a un impuesto de este tipo fue frontal. Por ello el debate de los gobiernos se produjo y se sigue produciendo marcado por fuertes presiones de cabildeo hacia los actores políticos. Tampoco fue visto bien este impuesto por estados de la UE como Gran Bretaña u Holanda, que ligados a la City de Londres o a territorios off-shore de ultramar, obtienen un considerable porcentaje de su PIB de operaciones financieras especulativas. Por este motivo el ITF no pudo prosperar dentro del marco de la Unión europea.

Ha hecho falta la voluntad de 11 estados para que el Parlamento aprobara y el Consejo recogiera la iniciativa, por el método de cooperación reforzada contemplado en el TFUE, de tirar adelante un ITF en estos estados, que son Alemania, Francia, Austria, Bélgica, Grecia, Italia, Portugal, Estonia, Eslovaquia, Eslovenia y España. La Comisión articuló para tales Estados dicha Cooperación reforzada con un contenido análogo al de la frustrada Directiva de 2011 y, por fin, la trasladó al Consejo, donde se aprobó al más alto nivel, el del Consejo Europeo, mediante la Decisión 2013/52/UE. No obstante la falta de acuerdo entre los diversos estados a la hora de armonizar las bases impositivas ha frustrado diversos intentos por hacer efectiva dicha directiva. A instancias del ECOFIN se ha venido tratando periódicamente sin mucho entusiasmo unos presupuestos aceptables por todos, pero los intereses particulares y la presión de los lobbies financieros en Bruselas y los diversos Gobiernos, han acabado dejando el debate en punto muerto. Ante el vacío existente países como Francia o Italia han acabado implementando un mínimo impuesto. En Francia del 0’03% sobre compra-venta de acciones y un 0’01 sobre algunos derivados. Esta no es claramente una medida efectiva.

La financierización de la economía se ha asentado globalmente, máxime con el desarrollo de la industria de productos financieros derivados, mediante la cual cualquier bien, título financiero o servicio pueden convertirse en activos subyacentes sobre los que se fabrican sofisticados productos derivados con los que se especula en todas las bolsas de valores. Este fenómeno nos explica episodios como la “Crisis de las subprime” que originó el Crash del 2008 o que el 30% del precio del petróleo sea atribuible a la especulación financiera “barril papel” o la financierización de la naturaleza y los productos financieros con “marca verde” (bonos de capital natural, bonos catástrofe, materias primas o commodities, mercados del carbono). El dato real más significativo que debería hacernos recapacitar es el que nos da en 2018 el BIS (Banco de pagos internacionales de Basilea) sólo un 2% de las transacciones financieras internacionales se dan en la economía real, en el intercambio de bienes y servicios, el 98% restante lo constituyen flujos de capitales especulativos.

Otro aspecto a destacar es que se ha desarrollado en la última década el llamado “Comercio de alta frecuencia” en las grandes plazas financieras. En él las órdenes de inversión corren a cargo de grandes ordenadores con programas algorítmicos, capaces de recoger información de las diferentes bolsas de valores en microsegundos y realizar miles de transacciones especulativas. La especulación es hoy la industria más rentable, si bien no crea valor de uso, sino solo acumulación dineraria.

Las medidas de creación del primer ITF y de combate de la opacidad ligada a los refugios fiscales son complementarias y necesarias para erradicar una economía de casino que socava la soberanía de los estados y la democracia. La razón fundamental por la que los poderes financieros se oponen a un ITF, es la que muy bien ha descrito Susan George mediante la imagen del “vampiro financiero”. No desea transparencia, no soporta la luz, que se siga la pista o el trazado de sus maniobras. Por ello se oponen a cualquier impuesto internacional por pequeño que sea, porque su implementación supondría a continuación la necesidad de establecer medidas de transparencia y esto acabaría con su negocio.

Ningún control será posible si las instituciones financieras son, como en la actualidad, privadas y no sometidas a control social. Es necesario avanzar en la creación de una banca pública, ética y con control social, paralelamente que se regulan y supervisan las entidades bancarias privadas, separando al mismo tiempo la banca de depósitos de la banca de inversión. Hoy los grandes inversores institucionales (bancos sistémicos, fondos de inversión y de pensiones, aseguradoras, hedge funds,…etc) que son los que mueven cantidades de dinero enormes en la especulación alrededor del mundo, contaminan el flujo financiero en su beneficio, crean inestabilidad y crisis económicas y finalmente los estados socializan las pérdidas de estas entidades contrayendo deuda y acabando con el Estado social y democrático de derecho.

Es una gran injusticia que mientras la ciudadanía paga sus impuestos regularmente, los grandes capitales móviles promueven el negocio especulativo internacionalmente, recurriendo a menudo a la opacidad de los refugios fiscales y creando una economía de casino sin ningún valor social, que crea burbujas financieras y crisis económicas y sociales que paga la ciudadanía generando un aumento de las desigualdades. Sin embargo estos grandes negocios financieros internacionales no están sujetos a impuestos. Las políticas de los gobiernos consienten esta gran arbitrariedad, sabiendo que los mercados financieros desregulados provocan su pérdida de soberanía. Por eso ATTAC lleva dos décadas reclamando a la comunidad internacional un ITF para desarmar la dictadura de los mercados financieros. Hoy es más necesaria que nunca la organización y la acción ciudadana para conseguirlo.