sábado, 10 de octubre de 2015

Otra Europa es posible, si hay rebelión cívica ciudadana




En 1982 el triunfo del PSOE en las segundas elecciones generales post-franquistas llenó las calles de España de masas enfervorecidas,  por lo que, a pesar de la moderación de la opción de izquierdas triunfante, el PSOE, constituía un signo de que los tiempos estaban cambiando.

Y efectivamente hubo muestras de cambio en unos primeros años que constituyeron el despegue del denominado Estado de Bienestar, siendo sus cuotas mayores la extensión de la sanidad universal bajo el ministerio de Llul o de la Educación obligatoria y gratuita bajo el de Maravall, así como el del sistema universal de pensiones, contributivas y no contributivas.

No obstante todo ello se realizó en base a una financiación que supuso la venta de una buena parte de lo público - empresas y suelo- a las corporaciones y a una re-conversión industrial y agropecuaria dudosa y que en parte se adaptó a los requerimientos que los países impulsores de la CEE impusieron, en lo que suponía en algunos casos "pan para hoy y hambre para mañana"

La entrada torticera, que a través de Felipe González, España hizo en la OTAN en 1986 fue otro de los requerimientos que otros países europeos, pero especialmente la Alemania de Helmut Kohl, valido de EE.UU en el continente, exigieron a Felipe González para que España entrara en la CEE, este proceso lo dirigió FG "a las mil maravillas"

Los tintes políticos que dejaron en el tejido político y social los llamados neocons,  Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que adoptaron las políticas neoliberales,  fueron absorbidos por una parte de la izquierda, la socialdemocracia, que se tornó en social - liberalismo a través de Mitterrand, F. González,  (sucintamente) pero sobre todo y ya explícitamente a través de las políticas de la llamada Tercera Vía de Tony Blair y Schröder, que se impusieron dentro del amplio espectro político socialdemócrata.

Fue ésta sucesiva deriva la que supuso que el bloque de "izquierda" mayoritario hasta los primeros 80 en Europa diera el giro radical en sus políticas económicas hacia políticas de derecha neoliberal, cuestionando de rebote las políticas keynesianas y socialdemócratas que ellos mismos habían defendido después de la 2ª Guerra Mundial y que consolidaron los llamados "30 años gloriosos" de la Europa del bienestar.

La asunción de estas políticas neoliberales y más tarde ordoliberales, constituyó la gran rendición de la izquierda europea hacia la Europa del capital y fue el inicio de la debacle política y social. Debacle política en cuanto supuso el reforzamiento y enseñoramiento del capital frente el trabajo inicialmente y posteriormente del capitalismo financiero frente al capitalismo industrial. Esto último significó el sometimiento de la economía a los mercados financieros y la dictadura de los poderes financieros sobre la política y la sociedad, la pérdida de la soberanía popular y de los derechos conquistados por las clases trabajadoras y en conclusión podemos asegurar que la pérdida de la democracia, que ha quedado reducida a una máscara sin alma democrática, cuando el sistema realmente existente es una tiranía de los mercados y especialmente de los mercados financieros.

En este contexto, cuando la izquierda mayoritaria como referencia social hace tiempo que perdió el rumbo y su voluntad y sustancia emancipadora, no es de extrañar que la sociedad, a través de esta pérdida de un referente mayoritario de las izquierdas de post-Guerra, la socialdemocracia, se haya des implicado de la política, en su acepción de participación activa como fuerza de cambio. Han quedado como referentes de la izquierda, eso sí muy determinada por las circunstancias socio-políticas generales, unos partidos que hasta hace 5 años, en las elecciones no vienen superando la cuota del 10% de los votos, impotentes de poder generar confianza y entusiasmo en una mayoría de la población española. A ello se une la leyenda negra que el comunismo y el anarquismo suponen para una mayoría de la población de este país debido a la aculturación franquista. En realidad el socialismo era el único capaz de entrada de haber podido cambiar la cultura política del franquismo y eso es lo que hay que reprocharle hoy,  su gran traición a las clases trabajadoras en Europa y en España. Socialistas que se han cargado la cultura de izquierda, que han vendido lo común y que han hecho depender el bienestar colectivo del resultado de competir en los mercados, de la famosa competitividad ¿les suena? tan apreciada, por cierto, por unos sindicatos que durante décadas han tenido como eje principal de su acción exclusivamente el economicismo, no así la transmisión de una cultura de izquierda.

Hemos estado condicionados en el espacio político durante tres décadas al omnipresente bipartidismo, que ha movido la pieza del tablero social hacia la derecha política y hacia el limbo ideológico. Ello sin que una minoría de partidos, parlamentarios o no parlamentarios,  y movimientos sociales de cambio o de izquierda discursiva consiguieran tener peso específico en las Instituciones y los medios de comunicación del país, ya que su cuota de representación era escasa.

Fue el movimiento del 15M, en principio ajeno a los embates políticos parlamentarios u organizados socialmente hasta entonces, el que consiguió con su improvisada, explosiva y radical acción contra la pantomima democrática, hacer emerger las sensibilidades dormidas de muchos ciudadanos y generar un atisbo de inconformismo y esperanza en una gran parte de la población española. Y recuerdo que ello fue desde unas proclamas en las que lo que se sojuzgaba era la tiranía de los mercados, la corrupción de las Instituciones “democráticas” y en que se pedía una democracia real.

Por aquel entonces ya advertía que lo que se estaba fraguando en la Sociedad española no era epidérmico, que era profundo y que un 70% de la población lo veía y valoraba con buenos ojos, según dejaba constancia la prensa del momento. Advertía, haciendo paralelismos, que era un movimiento social paralelo a la fase previa lo que constituyó  la base fundacional de los “Estados generales” en la  Francia revolucionaria. Que era un movimiento social de explosión cívica republicana.
 
Y es que, muy especialmente, lo que este movimiento de espontáneo júbilo por el cambio en España pedía, era acabar con la corrupción y el estigma patrio que pervivían en ese momento y que impedían que las clases populares mayoritarias del país - lo que algunos, un poco exageradamente, llaman el 99% -  pudieran determinar su destino bajo las referencias políticas creadas en el marco del régimen del 78 y en las cuales el bipartidismo hegemónico era ley y en el que la sociedad estaba herida y fragmentada por las secuelas, aún existentes, de la Guerra Civil Española.

Conforme esa generación de jóvenes lúcidos y osados que alumbraron el 15M, que hicieron de nuestro país un referente mundial, iban diluyéndose debido en parte a la falta de un marco organizativo, a los debates interminables en su seno sin encontrar líneas de organización consensuadas – o especialmente al debate de confrontación entre los que querían seguir instalados, como amplio movimiento social, en la asamblea prolongada y decisoria y los que pensaban que los activos de este movimiento anti régimen del 78 había que trasladarlos a una fuerza política resolutiva y que consiguiera cuotas de poder en las instituciones, avalado eso sí, desde un amplio movimiento democrático de bases y el debate cívico continuo –  iba emergiendo de nuevo, ante esta dilución, la desesperanza, que duró justo hasta que la organización política Podemos volvió a generar pasiones de cambio y movilización a partir de las elecciones europeas de 2014.

No es extraño que esta organización fuera la que en primera instancia recogía los réditos extraviados del 15M. Recogía lemas básicos que están escritos en el acero de la sociología política de este país, que mayoritariamente está dispuesta a aceptar argumentos sólidos por el bien común, ahora eso sí depende de donde vengan. Y cada vez más una sociedad políticamente desafecta por los desafueros políticos de unos y otros, estaba dispuesta a castigar a los partidos corruptos y recortadores del 78, pero no estaba dispuesta a encumbrar a los ismos opositores minoritarios durante 30 años, en los que unos no veían proyecto y otros no los veían de los suyos. Había de ser algo nuevo lo que volviera a entusiasmar a un sector de votantes cabreados, abstencionistas o desafectos y ese alguien nuevo fue Podemos.

Podemos, aun siendo claramente de izquierdas por su proyecto, fue consciente desde un principio del recelo que en este país significaba votar izquierda comunista en amplios sectores de la población que sin embargo podrían votar por el cambio y por el bien común, algunos de ellos desencantados del PSOE, es por ello que adoptan la estrategia de situarse en la centralidad del tablero, lo cual significa una variación en las formas del lenguaje y en la representación de símbolos e iconografía de la tradicional izquierda, pero sin variar ni un ápice las políticas destinadas a la consecución del bien común, republicanas radicales. Y no olvidemos que adoptaban como color insignia un sugerente lila o morado que cayó de la bandera republicana en 1978. A pesar que ahora no se declaren abiertamente republicanos por no abrir algunas heridas en el “99%” que es al que se dirigen, su proyecto es absolutamente republicano. A los de abajo contra los de arriba, lema de rebelión contra la tiranía de los pocos y que llamaba a unirse a los ninguneados, a los oprimidos, a los excluidos y a los cuestionados de amplias capas sociales que han visto como la democracia sucumbía en este país al poder de los caciques, los amiguetes de los caciques y los mercados financieros internacionales (bajo mediación de políticos y caciques)

Es cierto que Podemos ha perdido, desde la Asamblea fundacional de Vista Alegre, unas cuantas señas de identidad y encanto y sus líderes tienen necesariamente que tomar buena cuenta de ello para ver cómo van a volver a recuperar el entusiasmo vital que caló en principio en mucha gente, algunos de los cuales han perdido la ilusión.

Es cierto que un proyecto como Podemos peligra por muchas suturas y una de las más  peligrosas es la participación egoísta o bien la no informada, ni con cultura política, a igualdad de nivel con la que sí la tiene – por ello la formación cívico política es una de las tareas que Podemos ha de abordar urgentemente y no puede obviar - Otra sería la entrada en podemos de trolls y oportunistas, en lo cual no es causa menor su sistema de inscripción universal, cibernética y no conocida. Y es por ello que, siendo conscientes de estos motivos, la dirección de Podemos ha rebajado el sistema participativo-decisional ante la incapacidad de poder controlar o reaccionar a las adversidades y posibles perversiones de su sistema abierto. Pero es obvio que eso ha herido la frescura de sus inicios. Habremos de preguntarnos y construir un sistema que conjugue control con ejercicio democrático y esta no es una cuestión menor, sin embargo es una cuestión que no tienen en cuanta muchas personas que a día de hoy critican a Podemos. Hay que ayudarles a solucionar esta diatriba.

Mi posición ante Podemos se ha vuelto precavida, pero de apoyo dado que como republicano de izquierda y como ciudadano informado de mi sociedad y de mi mundo, hace bastantes años que considero que para que en democracia podamos vencer al capital hemos de converger en un movimiento republicano hacia el bien común. Lo que han tenido las diversas banderas que han tratado de apropiarse de la República desde ismos determinados, es que han dividido al pueblo, a los más, entre diversas “iglesias cívicas” ideológicas que muy a menudo se confrontan entre sí, antes incluso que con el enemigo común que es la tiranía de los mercados. Hay que recuperar el espíritu de la República democrática, retrotraernos más de 200 años. Igualdad, libertad, fraternidad y ahora añadir un cuarto principio republicano: respeto profundo al planeta que nos da vida y nos sustenta.

Pero hemos de encarar necesariamente en varios debates. Uno es ¿qué tipo de república del bien común? ¿Cómo pensar en república hoy, en un mundo global, interconectado e interdependiente? Yo voy tratando aspectos varios sobre globalización, globalidad y globalismo en mi blog Res Pública Global.

Una de las respuestas marco políticas, viene dada por la actual situación, de absoluto dominio del capital y de la competencia a niveles globales, en contradicción con lo que habría de ser una Res Pública Global: democracia y solidaridad. Y la respuesta política hoy está marcada por la rendición cuando no aquiescencia o directamente colaboración de los poderes políticos ante el capital. Por eso cualquier respuesta de ciudadanía global no puede contar en estos momentos con unas instituciones ocupadas por los siervos del capital y ha de partir de federar movimientos sociales, bases disconformes y luchas. Primero hemos de reconquistar Europa de las garras de los tratados vergonzosos, de la Troika y de los lobbies. Pero para eso un largo periodo de luchas nos espera. El movimiento de rebelión cívica de la ciudadanía europea por una Europa de las personas os espera. Empezamos con Marcha a Bruselas. En Cataluña Marxa a Brussel·les.

No obstante no creo que de este movimiento haya de ser un movimiento banderizo que acabe diluyéndolo por lo diferencial, frente a lo común e importante. Juntemos todas las banderas y dejémoslas descansar en un rincón, eso sí, al calorcito. Es un consejo y una profunda convicción. Retrocedamos a los prolegómenos de los “Estados generales”, esta vez en Europa.

Antonio Fuertes Esteban
10 de octubre de 2015