domingo, 15 de noviembre de 2009

Los muros de Zapatero


Josep Ramoneda
Fuente: "El País"


Dijo Zapatero en Berlín: "No podemos perder de vista que hay otros muros en el mundo que deben caer". Tiene razón el presidente. Y, además, tiene fácil contribuir a esta noble causa que nos propone. Hay dos muros, dos vallas, en Ceuta y en Melilla, que bastaría con una orden suya para que cayeran.

Ceuta y Melilla forman parte de los muros construidos para proteger al primer mundo de los parias de la tierra. Hay muros que impiden salir y muros que impiden entrar. El de Berlín -como el de Corea- tenía como objetivo evitar la huida de los que no conseguían convencerse de que la miseria moral, económica y política en que vivían fuera el paraíso. Al muro de Berlín se le llamaba el muro de la vergüenza, y lo era. Pero cayó éste y los muros se multiplicaron por todas partes, sin que apenas nadie levantara la voz. Los de Ceuta y Melilla -como la mayoría de los que se han construido después de la guerra fría- no pretenden impedir que la gente salga, sino que determinada gente entre. Como ha dicho Tzvetan Todorov, son muros que emiten un mensaje inequívoco a los desheredados que quieren probar fortuna en el primer mundo: "El permiso de residencia comprende el riesgo de muerte".

Zapatero tiene una gran responsabilidad en los muros de Ceuta y Melilla. Fue él quien convirtió unas simples vallas bastante vulnerables en un sofisticado sistema de barreras metálicas imposible de pasar sin enorme riesgo físico. Todo el mundo sabe que en España la inmensa mayoría de los inmigrantes entra desde la Unión Europa o por los aeropuertos. Sólo un porcentaje muy pequeño (en torno al 10%) lo hace a través del mar, desde Marruecos, Mauritania o Senegal.

Cualquiera que haya tenido la ocasión de visitar a los subsaharianos que malviven por los bosques del entorno de Ceuta y Melilla constatará que, a pesar de la valla, todos los que se lo proponen acaban entrando. Y los que no llegan no es porque hayan desistido, sino porque se los ha llevado el mar. El reforzamiento de las vallas de Ceuta y Melilla sólo ha servido para tres cosas: para que el tiempo de espera, deambulando por el norte de Marruecos, sea más largo; para que las mafias hayan aumentado considerablemente el precio del viaje y, por tanto, el volumen de su negocio; y para que aumente la lista de los muertos. Cuando los flujos han disminuido no ha sido por obra y gracia del muro, sino, pura y simplemente, porque la oferta de trabajo ha caído.

¿Cuál es, entonces, el sentido y la razón de las vallas de Ceuta y Melilla? Puramente propagandístico. Matonismo de Estado para tranquilizar a la ciudadanía, monumentos a las paranoias de las sociedades ricas, a los miedos de los habitantes del primer mundo que viven con desasosiego la incertidumbre de estos tiempos de cambio. Y que, con las complicidades de sus gobiernos, han seleccionado a algunos grupos de inmigrantes como chivo expiatorio de todos sus males. El presidente Zapatero es el principal responsable de dos de estos artefactos monstruosos que, con toda razón, dice ahora que debemos dinamitar.

Y, sin embargo, parece obvio que, cuando dijo en Berlín que había que acabar con todos los demás muros, no estaba ni remotamente pensando en los que son de su responsabilidad directa. Algunos lo imputarán a la frivolidad, en cuya columna Zapatero ha entrado bastantes asientos. Otros dirán que fue puro cinismo, pero sería bastante estúpido presumir de que nadie se acordaría de Ceuta y Melilla cuando se hablara de muros.

Creo que es un problema de discernimiento. De no querer entender que Ceuta y Melilla también son muros de la vergüenza que vienen simplemente a confirmar una penosa ley de este mundo: sólo los ricos o los habitantes de países ricos pueden hoy desplazarse sin problemas de un punto a otro de la Tierra. La fractura es grande, y las vallas de Zapatero sólo contribuyen a hacerla todavía mayor.

Zapatero tiene una querencia a confundir la realidad con las buenas palabras. La ligereza de su frase de Berlín es de la misma naturaleza que la frivolidad del discurso de la Alianza de las Civilizaciones, que las vallas de Ceuta y Melilla contradicen a diario. Quiere entenderse con ellos y les impide el paso.

Los muros sólo caen derribándolos. Si el presidente no está dispuesto a derribar los suyos, que tenga por lo menos el buen sentido de guardar silencio. Y si quiere dar lecciones, que predique con el ejemplo.